jueves, 17 de enero de 2013

Rafael Estévez Cabrera, un mártir antitrujillista olvidado


Hace aproximadamente 53 años fue asesinado en la Penitenciaría de la Victoria, Rafael Adolfo Estévez Cabrera (Fellito), oriundo de Moca, uno de los hombres más valientes nacidos en este país. La historia de su muerte merece ser conocida por las nuevas generaciones y por los contemporáneos que desconocen este episodio de la lucha contra la tiranía de Trujillo.

Corrían los primeros meses de 1956. En la ciudad de Santiago, cada mañana en horas de recreo en el patio delantero del liceo secundario Ulises Francisco Espaillat, las muchachas suspiraban y entornaban los ojos cuando un apuesto galán se desplazaba lentamente al volante de un automóvil convertible del año, se desmontaba frente al liceo y miraba a las estudiantes de bachillerato con aire de conquistador.

Grande fue el descontento de aquellas doncellas, cuando una mañana el joven Don Juan, de excelentes modales y esbelta figura, faltó a su acostumbrada galantería, y mayor fue la sorpresa de todas cuando se enteraron de que había sido apresado junto a familiares y otras personas, al ser develada una trama para matar al Generalísimo Trujillo cuando éste asistiera a Santiago ese año, a las celebraciones de la Batalla del 30 de Marzo.

En el denominado “Complot de Moca”, encabezado por Rafael Estévez Cabrera (Fellito), fueron implicados también su padre Don Fello y su hermano Gustavo Adolfo, junto a otros. Todos fueron condenados a 30 años y un día de trabajos públicos y trasladados a la Penitenciaría de La Victoria, que en ese entonces era custodiada por militares del Ejército Nacional, al mando del coronel Horacio Frías, un antiguo chofer de Trujillo que de cabo llegó hasta coronel en base a sus crímenes, aunque nunca aprendió el abecedario.

El grupo fue confinado en una celda solitaria completamente oscura ubicada en el llamado “Pasillo de la Muerte”, reservado a los desafectos al régimen trujillista. Cada mañana a las siete, eran sacados bajo fuerte custodia militar a realizar trabajos de chapeo en los alrededores del centro penitenciario. Iban vestidos con el reglamentario uniforme fuerte azul, con las cabezas peladas a “caco” y un machete sin filo debajo del brazo. Caminaban erguidos, Fellito a la vanguardia. Al mediodía eran regresados al recinto para recibir el almuerzo, el cual consistía en una supuesta sopa (agua hervida sin sal ni condimentos, con algunos trozos de cabeza de vaca, sin limpiar). A las dos de la tarde volvían a la misma faena, hasta las cuatro.

Una mañana de octubre de 1959, al cruzar por el comedor de alistados, ruta obligada para salir al frente del penal, Fellito se detuvo bruscamente, altivo, delante de un gigantesco retrato de Trujillo que estaba pintando al óleo un recluso de confianza y, con los ojos lleno de ira le dijo: “No pierdas tu tiempo en esa porquería”. Reinó un absoluto silencio. El militar que custodiaba a Fellito le dio un empujón con la culata de su fusil, y todos marcharon rápido y en silencio.

Para ese entonces, las celdas del “Pasillo de la Muerte”, unas diez o doce, estaban repletas de enemigos de Trujillo, cuyo régimen había entrado ya en descomposición como consecuencia de la reacción que produjo en diversos sectores de la sociedad la forma inhumana en que fueron exterminados los patriotas que desembarcaron por Constanza, Maimón y Estero Hondo en junio de 1959. Entre los confinados se encontraban Poncio Pou Saleta, Mayobanex Vargas, Medardo Germán y el cubano Delio Gómez Ochoa, quienes fueron libertados al año siguiente por orden de Trujillo. También estaban detenidos 23 sargentos técnicos de la entonces Aviación Militar Dominicana, por haber saboteado una flotilla de aviones en la base aérea de San Isidro, echándoles arena a los tanques de gasolina. Los sargentos fueron eliminados la misma noche y en la misma forma que mataron a Fellito Estévez.

El día anterior, su padre Don Fello fue puesto en libertad, y aquel otrora rico hacendado de Moca hubo de salir de La Victoria con el pantalón del uniforme fuerte azul y una camisa que le consiguió el sargento mayor encargado de la cárcel, quien también le dio de su bolsillo dinero para el pasaje. Esta acción humanitaria pudo haberle costado la vida a aquel suboficial que en varias ocasiones había manifestado a personas de su confianza, su disgusto por los métodos represivos utilizados entonces en ese penal.

La tarde del 4 de noviembre de 1959, cuando el nefasto cabo Moreta, jefe de los carceleros, abrió la celda solitaria y le dijo a Estévez Cabrera que se preparara, que su caso iba a ser revisado y que por tanto, sería trasladado a Santiago, Fellito y sus compañeros comprendieron que había llegado el presentido final.

Al día siguiente fue transmitido por radiotelégrafo a todos los cuarteles del país, el siguiente telegrama: “En el día de ayer, mientras se encontraba realizando trabajos en los alrededores de la Penitenciaría de La Victoria, emprendió la fuga el recluso Rafael Estévez Cabrera (Fellito), acusado de…”  Le había sido aplicada la famosa “Ley de fuga”, instrumento predilecto de la tiranía para eliminar a los contrarios de Trujillo sin despertar suspicacias en el pueblo.

La forma en que fue muerto este mártir antitrujillista, es narrada por su hermano Gustavo Adolfo en un poema-testimonio titulado “Recordando tu Muerte”, publicado el 4 de noviembre de 1979 en el Listín Diario, al cumplirse 20 años de tan horrendo crimen, poema que reproducimos a continuación, permitiéndonos modificar, con el permiso de su autor, la parte concerniente al tiempo transcurrido:

“Cuatro de la tarde, cuatro de noviembre del 59. Cincuenta y tres años de olvido, cincuenta y tres años de nada. Tanto valor, tanta hombría perdidos en el tiempo, perdidos en la nada. A esa hora sonó el cerrojo, y los pasos de Moreta y familia repicaron a lo largo del pasillo. Silencio y espera… ¿A quién será, para qué será?

“¿Quién se llama Rafael Estévez Cabrera? “ “Yo soy, qué quieren”. Usted va trasladado a Santiago para revisar su caso. Se alejaron, y volvió el silencio y volvió la espera. Pero el tiempo fue corto, sólo bastó un minuto para saber la verdad. Había llegado la hora final, Más de tres años de espera, encerrado. 36 años de espera, era la hora final. Tarde o temprano tenía que llegar. Naciste para llegar pronto, donde fuera. Y fue la muerte. Otros no llegan nunca, a nada… ni a la muerte. Se gastan poco a poco, y se extinguen.

“Desde las cuatro hasta las ocho. Cuatro horas de espera, sin poder hacer nada, sin poder decir nada, nada. Cerradas las celdas con candados de hierro. En lo ancho y largo, el pueblo encerrado. Cerrados los sesos de guardias y cabos, de guardias y cabos que son generales.

“El tiempo teje poco a poco el camino hacia la muerte. En esa fecha nefasta, caerían contigo el grupo de los sargentos. Frías en la oficina… Moreta y Familia traían sargentos uno por uno. Macanazo en la nuca, y la cuerda al cuello. Un sargento era un cerdo. Cada dominicano era un cerdo.

“Y llegó tu turno. Ya sabías donde ibas. Saliste pisando fuerte, siempre fuerte, con la frente en alto. –“Mis compañeros verán cómo mueren los hombres”- Macanazo en la nuca, y la cuerda al cuello. Tanto valor, tanta hombría perdidos, perdidos para siempre, perdidos en la nada, para nada, por nada.”

(Este artículo fue publicado por el autor en el vespertino La Noticia, en noviembre de 1989. Lo reproduzco aquí, a propósito de los actuales intentos de Ranfis Domínguez Trujillo, por revivir la memoria de su sanguinario abuelo.)

sábado, 12 de enero de 2013

12 de Enero: Día de la Resistencia Heroica



Parece que fue ayer. Sin embargo han pasado 41 años, toda una generación, cuando aquel miércoles 12 de enero de 1972 la capital y el país entero fueron sacudidos con la gesta heroica de Los Palmeros, comando de la resistencia integrado por cuatro superhombres dominicanos que escribieron una de las páginas más gloriosas de la lucha por la democracia dominicana (contra la dictadura de Balaguer), en el kilometro 14 de la Autopista de las Américas, quienes se mantuvieron atrincherados por más de 15 horas combatiendo contra tropas especiales de la policía y el ejército, apoyados por un contingente del MAG (military assistance Command dominican republic), de USA.

A continuación, el comunicado emitido hoy por la DICOM (Dirección General de Comunicaciones de la Presidencia de la República).

Hoy 12 de enero, conmemoramos el Día de la Resistencia Heroica en honor a un grupo de hombres que defendieron con su vida los ideales democráticos, Los Palmeros. El Congreso de la República tuvo la iniciativa y el presidente Danilo Medina el valor de promulgarlo.  

Este grupo  que luchaba por devolverle a República Dominicana la democracia perdida tras el derrocamiento de Juan Bosch, estaba conformado por Amaury Germán Aristy, Virgilio Perdomo Pérez, Bienvenido Leal Prandy y Ulises Cerón Polanco, entre otros.

Los Palmeros aspiraron a un país más solidario donde la población pudiese disfrutar de sus derechos a la salud, a la educación, al bienestar; se mantuvieron siempre firmes pese a los desafíos. Fueron perseguidos por las autoridades de la época y en medio de un enfrentamiento desigual que tuvo lugar en el kilómetro 14 de la autopista Las Américas, cayeron abatidos el 12 de enero de 1972. 

En honor a estos héroes de la resistencia se estarán realizando diferentes actos: documentales, mesas redondas, seminarios y exposiciones, con el objetivo de promover la importancia y la valía de los héroes que cayeron en defensa de la libertad y mayores niveles de bienestar para el pueblo dominicano.

Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla y es por esto que el Gobierno dominicano reafirma su compromiso de trabajar para mantener viva en la memoria colectiva a quienes defendieron con gallardía la patria y a los más pobres. Gracias al esfuerzo constante y desinteresado de muchos hombres en nuestra historia, podemos hoy disfrutar de una nación libre y democrática. ¡Su sacrificio no fue en vano!

Conmemoremos los valores de la Resistencia Heroica y recordemos agradecidos a quienes ofrendaron su vida por el bienestar de los dominicanos y dominicanas. 

¡Viva República Dominicana!

sábado, 29 de diciembre de 2012

Plaza de la Independencia y Memorial Juan Pablo Duarte


A propósito del bicentenario, el 26 de enero, del natalicio de Juan Pablo Duarte y, ante la atinada decisión del Tribunal Constitucional, al declarar recientemente al fundador de la República y de la nacionalidad, como el Primer Constitucionalista Dominicano, queremos plantear a la Comisión encargada de la celebración del bicentenario del Patricio, la idea de que, como homenaje permanente al Padre de la Patria, la actual Plaza de la Bandera sea reconvertida en Plaza de la Independencia y que en su centro sea erigida una edificación de varios niveles, con todas las dependencias requeridas para instaurar el Memorial Juan Pablo Duarte.

Esta plaza y este Memorial serían el lugar ideal para rendir tributo cada año al principal ideólogo y a los demás forjadores de la nación dominicana. De igual manera, a los símbolos patrios.

La construcción de esta edificación debe ser otorgada mediante concurso, a una firma independiente de arquitectos. Su financiamiento estaría a cargo del Estado dominicano, con aportes de fundaciones patrióticas e instituciones extranjeras sin fines de lucro.

El memorial tiene la intención de concentrar allí el patrimonio cultural que actualmente guarda el Instituto Duartiano en la calle Isabel La Católica, así como toda la documentación existente que pueda ser rescatada en todo el país, desde la formación de La Trinitaria hasta la muerte de Juan Pablo Duarte.

Grandes murales referentes a cada acción de Los Trinitarios durante la operación clandestina pro independencia, así como las ocurridas luego de la famosa proclama en la Puerta de la Misericordia, adornarían las paredes del Memorial, lo cual serviría para instruir sobre tales acontecimientos, en un tour histórico guiado, a los miles de estudiantes de primaria y otros niveles que vendrían en excursión procedentes de todo el país, además del promisorio atractivo turístico que dicho plaza y el susodicho monumento representarían.

Asimismo, se aprovecharía este gran acontecimiento, para erigir a la entrada del Memorial una enorme estatua de Duarte en base a la fotografía comentada por José Rafael Sosa en un artículo publicado recientemente en su blog, sobre la necesidad de que el país sea dotado de una imagen real del patricio.

Sosa señala que dicha foto es una de las pocas que existen, la cual fue publicada por el Archivo General de la Nación en sus Memorias de Gestión y Resultados 2004-2012, y que se trata de una de las pocas tomadas a Juan Pablo Duarte. Fue hecha en 1873 por el venezolano Próspero Rey. Duarte tenía entonces 60 años, habiendo fallecido tres años después.

Esta idea, no puedo negarlo, me surgió hace meses como consecuencia de la grata experiencia vivida con la visita realizada el año pasado a la Plaza de la Revolución y el Memorial José Martí, en Cuba, donde pude palpar la gran importancia que allí se le da al fundador de la nacionalidad cubana y el gran fervor patriótico que existe en torno a ese memorial. Durante meses he madurado esta idea y me he preguntado: ¿Por qué los dominicanos no podemos hacer  algo similar, honrando con un merecido y permanente homenaje el proyecto independentista de Duarte, su abnegación, su lucha sin tregua contra los enemigos de la entonces recién creada república, y su inquebrantable fe en la creación y consolidación de una nación libre, democrática e independiente?

A riesgo de que esta propuesta sea calificada de quijotesca, lanzo la misma a la opinión pública,  a fin de que sea debidamente ponderada por las instituciones y los ciudadanos verdaderamente dominicanistas.

Pie de foto de Duarte: 
Una de las pocas fotos tomadas a Juan Pablo Duarte.
Fue hecha en 1873 por el venezolano 
Próspero Rey. Duarte tenía entonces 60 años. 
Falleció tres años después
Foto de los fondos del AGN- 

Republicada por Agenda Memoria&Legado (Vicini)-

domingo, 16 de diciembre de 2012

Urge Aplicar la Ley 58-80 de 1962, que prohíbe las actividades trujillistas


La mañana del lunes 10 del corriente participé con orgullo y deber patriótico en la Operación Nunca Más, marcha por el derecho a la verdad y la dignidad de las víctimas del terrorismo de Estado durante la dictadura de Trujillo, organizada por la Federación de Fundaciones Patrióticas, Inc. y el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana.

El punto de reunión fue el Monumento-Panteón a los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo, en el Centro de los Héroes. Allí se dieron cita, eminentes luchadores anti-trujillistas, dirigentes de las fundaciones patrióticas, familiares de los ajusticiadores de Trujillo, funcionarios y empleados del Museo de la Resistencia, destacados militantes de la lucha revolucionaria y ciudadanos  invitados.

Del Panteón partimos hacia la Procuraduría General de la República, donde una comisión entregó al Procurador Francisco Domínguez Brito una carta con más de 12 mil firmas de ciudadanos, solicitando que se aplique la Ley 58-80 de 1962 que prohíbe la exaltación del régimen de Trujillo, con miras a que se detengan de inmediato “las manifestaciones tendentes a exaltar, promocionar, promover y reivindicar la imagen de Rafael Leonidas Trujillo, así como pretender restituir el régimen tiránico instituido por éste…”

La comisión que entregó el documento al Procurador, estuvo integrada por Mayobanex Vargas, sobreviviente de la expedición del 14 de junio de 1959; Leandro Guzmán, combatiente antitrujillista y viudo de María Teresa Mirabal; María Mercedes Rodríguez viuda Ornes; Leonor González viuda Tejeda, Luisa de Peña Díaz, directora del Museo de la Resistencia, y Tomasina Cabral, ex compañera de las Hermanas Mirabal y sobreviviente a las torturas de la cárcel La 40.

Mayobanex Vargas expresó su temor de que por la ignorancia de las nuevas generaciones pueda surgir otra dictadura en nuestro país.

Al recibir el documento, el Procurador Domínguez Brito aseguró que desde la Procuraduría General de la República harán todo lo posible para estudiarlo y accionar de acuerdo a la ley, para que pueda haber algún tipo de facilidad y no se reviva una de las dictaduras más sangrientas de la nación, la cual tildó de irrespetuosa a la libertad, a la dignidad y a la vida.

Precisamente, anoche a las 11:00 (sábado 15) pudimos visionar con horror en el canal 19, el programa Pasado y Presente- Historia, cuyo invitado lo fue Ranfis Domínguez Trujillo, hijo de Angelita y nieto del tirano, quien agotó los tres segmentos del espacio televisivo, en exaltar la figura de su nefasto abuelo y las supuestas bondades de su gobierno, siendo secundado en esta lamentable tarea por el productor del programa, convertido en apologista del tirano. Ranfis Domínguez retó a los directivos del Museo Memorial a que revelen los nombres de los 25 mil personeros del trujillato que podrían guardar en sus archivos.

La preocupación de Mayobanex Vargas mueve a reflexión, por cuanto el joven abogado Francisco Carvajal, productor del programa Pasado y Presente, es hijo del doctor Francisco Carvajal Matínez (Bueyón), destacado luchador antitrujillista y miembro del Movimiento Clandestino 14 de Junio, cuyos integrantes fueron torturados inmisericordemente en las cárceles de Trujillo cuando el levantamiento fue develado en enero de 1960. 

lunes, 3 de marzo de 2008

XI FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO

La XI Feria Internacional del Libro tendra lugar del 21 de abril al 4 de mayo, en la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, organizada por la Secretaria de Estado de Cultura, y sera dedicada a Costa Rica.

viernes, 30 de noviembre de 2007

CÓMO LA MÚSICA POPULAR SE TRANSFORMA EN CLÁSICA


Catana Pérez de Cuello

En el mundo moderno, las diversas expresiones del arte requieren de clasificaciones y de nombres para su estudio, lo que conduce al conocimiento objetivo, a la comprensión y apreciación artísticas. En tal sentido, comienzo por definir los géneros que son, en las artes, cada una de las distintas categorías o clases en las que se pueden ordenar las obras según rasgos comunes de forma y contenido.
En la música, los géneros usualmente aparecen apareados o en tríos opuestos y aunque las clasificaciones puedan ser diversas, hay tres grandes géneros que compendian a los demás: el folclórico, el popular y el clásico.
El GÉNERO FOLCLÓRICO está estrechamente vinculado a la vida de una comunidad, un grupo étnico o una región y se caracteriza por los siguientes perfiles: la creación es espontánea y aunque surja de un individuo, llega a trascender como anónima porque las colectividades la perciben y ejecutan con un sentido de pertenencia y propiedad; su forma de transmisión es oral; el estilo se manifiesta con sencillez; su procedencia original ha sido eminentemente rural; es interpretado por no profesionales y no se necesita de conocimientos académicos para su realización; lo utilizan y entienden con naturalidad amplios segmentos poblacionales; no es patrimonio exclusivo de ninguna clase social.
Las manifestaciones musicales folclóricas son funcionales: no resultan un fin en sí mismas ni son puramente recreativas: ellas acompañan las más variadas actividades. A través de ellas y por ellas el hombre es un ente social, hacedor activo de su cultura.
Aunque en el presente es correcto escribirla con la letra c y sin la e final, la palabra original es folklore, con la letra k (de folk, gente, pueblo, y lore, ciencia, conocimiento) y procede del inglés. Hasta el 22 de agosto de 1846, es decir, hasta hace 161 años, dicho término no existía; fue acuñado por el anticuario inglés William John Thoms, que lo difundió en un artículo publicado en esa fecha en el Atheneum, en Londres, bajo el seudónimo de Ambrose Merton, para englobar el estudio de las tradiciones, leyendas y supersticiones populares, fenómeno que se convertiría en una verdadera rama científica.
Durante cientos y cientos de años y hasta ese 22 de agosto de 1846, todo lo que en adelante fue considerado y catalogado como folclórico, había sido, sencillamente, popular o del pueblo.
Pasemos ahora al GÉNERO POPULAR, el cual se identifica por los siguientes rasgos: es creación de un autor conocido (o de varios); para su transmisión, se escribe y se lee; su génesis es eminentemente urbana; no es funcional, pues se asocia con el tiempo de ocio, el baile y la pura diversión; aunque puede inspirarse en la tradición y pueden estar presentes la herencia cultural y los componentes étnicos, no persigue dichos objetivos. Antes del siglo XIX, reitero, cuando aún no existía el concepto “folclor”, todo lo que manifestaba o expresaba la gente, el pueblo, era popular.
En la actualidad, definir el género popular es fácil; lo que resulta difícil es fijar sus límites, demasiado imprecisos, elásticos y amplios, porque caben dentro de sus jerarquías ejemplos tan disímiles como los siguientes: canciones de Rafael Solano y de Manuel Troncoso, boleros de Agustín Lara y de Armando Manzanero, merengues de Luis Alberti y de Luis Kalaf, bachatas de Juan Luis Guerra y de Víctor Víctor, baladas de Los Beatles y de Ricardo Montaner, tangos de Carlos Gardel y de Astor Piazzolla, bossa-novas de Antonio Carlos Jobim y de Joao Gilberto, piezas jazzísticas de Louis Armstrong y de Michel Camilo y piezas de cantautores como Joan Manuel Serrat y Silvio Rodríguez.
Muchos de estos creadores pueden o no proyectar ascendencias folclóricas en sus repertorios o en parte de ellos, ya que la línea divisoria entre lo folclórico y lo auténticamente popular vuelve a ser integradora y difusa, como lo era siglos atrás.
Indiscutiblemente, dentro del género popular se encuentran muchos intérpretes y autores de gran calidad, como los antes mencionados, los cuales generalmente aúnan condiciones innatas de creatividad con una buena preparación académica. Pero al mismo tiempo, abundan los “artistas” que proyectan una gran cantidad de piezas superficiales y vacías, de ínfimo o nulo valor artístico –más bien populacheras-, razón por la cual una canción, un artista o un grupo pueden elevarse a la cúspide de la fama, para luego caer en el olvido. Aunque la industria moderna del mercado popular mueve una pesada maquinaria económica y mediática, los intérpretes y piezas sin talento real, auténtico, sustentados en modas y producciones banales y anodinas, pasarán. Es lo bueno lo que permanece a través del tiempo.
En cuanto al GÉNERO CLÁSICO, éste es el resultado de la evolución musical en Europa Occidental desde el 1600 en adelante. De este proceso, nacido de las necesidades sociopolíticas, religiosas y económicas de las clases dominantes de entonces –el poder eclesiástico y la aristocracia-, surgió un tipo de música que engloba diversos períodos, estilos, sistemas y formas.
La denominación clásica le confiere a este género las características de excelencia, calidad y permanencia en el tiempo que le son inherentes, porque música clásica es toda aquélla que por la perfección de su construcción, por ser notable y por su intemporalidad se considera o reconoce como modelo en cualquier género y por eso permanece a través de los años.
La música del GÉNERO CLÁSICO se distingue por lo siguiente: emana de un compositor conocido y se crea para ser escuchada con atención, disfrutada en lo estético y en lo emocional; para hacerla y transmitirla requiere de muchos años de estudios y, por tanto, de profesionales para su creación y para su ejecución; proyecta una condición de universalidad que barre las fronteras geográficas, étnicas, religiosas y cronológicas.
¿De dónde surgió la música del género clásico? En un principio, provino en parte de dos fuentes básicas: la religiosa y la popular. Los compositores del barroco (Vivaldi, Haendel, Bach) y los del Clasicismo (Haydn, Mozart) creaban sus obras con fines utilitarios, pues servían a un patrón, quien les requería música para momentos específicos de sus entornos sociales. Estos compositores debían escribir obras para el culto, para bodas, bautizos y servicios fúnebres, piezas para enseñar a los herederos las diferentes técnicas instrumentales, para bailes, fiestas y celebraciones. Eran talentosos, geniales, mas también se nutrían, en principio, de lo que hacían los músicos populares para los grupos sociales a sus alrededores; fueron sus grandes genios los que hicieron trascender esas danzas, esas canciones, esas piezas que cantaba o tocaba cualquiera en una taberna o en una sala palaciega.
Con el advenimiento de la ostentosa y a menudo inculta burguesía al poder económico y con la bandera del individualismo y la libertad que ondearon los creadores en el siglo XIX, fue dicha centuria la que demarcó una separación entre lo folclórico, lo popular y aquello que aún no se llamaba clásico.
En el presente, sigue existiendo la separación entre los 3 géneros pero vuelve a ser más fusionada la visión entre ellos. Muchos oyentes ni sospechan que cuando escuchan una Sinfonía de Beethoven o de Haydn o un aria mozartiana, escuchan melodías que cantaron o bailaron los campesinos austríacos hace más de 300 años. Sin que lo supiera el público, las obras populares pasaban al género clásico. Después de la eclosión de las Escuelas Nacionalistas Románticas lo folclórico y lo popular entraron al género clásico por la puerta ancha y allí se han quedado, para nuestra dicha.
Por eso disfrutamos de Polonesas y Mazurcas de Chopin, Rapsodias y Danzas húngaras de Liszt y Brahms, y también gozamos, en nuestro país, de una Rapsodia Dominicana de Luis Rivera basada en el Compadre Pedro Juan de Luis Alberti y en el Maybá de Diógenes Silva, de una Fantasía Dominicana de Bullumba Landestoy inspirada en La empalizá de Luis Kalaff o de la suite Macoríx de Bienvenido Bustamante, que evoca el romanticismo de un pueblo criollo y la alegría de los guloyas.
Durante años la ópera ha resultado algo esotérico para mucha gente, ajeno a sus vidas, porque desconociéndola, la perciben, al igual que al mundo concertante, como algo que requiere de complicados conocimientos técnicos. Se desconoce que es el sistema socioeconómico que ha impuesto esta inútil distancia, puesto que para apreciar el arte, si bien es correcto aspirar a una cierta preparación que amplía los horizontes personales, lo que realmente importa es que el público sienta interés y tenga sensibilidad natural.
¿Quienes asistían a las producciones operísticas de Mozart, Rossini y Verdi? Eran gentes de todas las clases sociales, y los más humildes, que ocupaban los sitios más incómodos y lejanos porque eran los que les permitían sus bolsillos, llevaban sus cestas con vino, panes y salames para acompañar los intermedios. Al otro día de la presentación ¿quiénes tarareaban por las calles de la ciudad las bellas melodías del Rigoletto o el Va pensiero del Nabucco verdianos?: las modistas, las vendedoras de flores y los venduteros del mercado, los tramoyistas del teatro, y un largo etcétera.
Estas obras, hoy inscritas con caracteres de oro en el género clásico, gustaban a rabiar a las grandes masas y se popularizaban hasta el punto de formar parte de la cotidianidad de una gran mayoría poblacional.
Pero, lamentablemente, hay gente que desea mantener estas separaciones y que se resiste a los cambios –yo les llamo “puristas”-. Cuando Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti ofrecieron su primer concierto de Los 3 Tenores, a principios de los 90 del pasado siglo, en las Termas de Caracalla en Roma, y los continuaron, los puristas clásicos pusieron el grito en el cielo ante tal abominación.
Sin embargo, ¿cómo descubrió el gran público moderno el maravilloso Nessun dorma de la Turandot de Puccini, y otras tantas arias operísticas, si no fue con estos conciertos monumentales?
Muchos puristas critican ácidamente las colosales producciones concertantes de la soprano Sara Brightman, las de André Rieu y su orquesta Johann Strauss, las de Pavarotti & Friends, y yo anhelo ver estadios llenos en este país con espectáculos de esa calidad artístico-musical, donde la gente puede corear arias inmortales y tararear melodías de todos los tiempos. De esta manera, los conciertos con música del género clásico se convierten en algo cotidiano para un gran número de personas, es decir, se popularizan.
Por otra parte, y tomando como ejemplo nuestro merengue en el género popular, vemos que cada cierto tiempo la radio y la televisión transmiten merengues que se ponen muy en boga y se escuchan con frecuencia, provocando furor en una gran masa de oyentes. Luego de unos meses, la gente se pregunta qué fue de ellos, ya que parece como si nunca hubiesen existido. Sin embargo, contamos con piezas como el Compadre Pedro Juan de Luis Alberti, Anoche soñé de Julio Alberto Hernández, Caña brava de Toño Abreu y Ojalá que llueva café de Juan Luis Guerra, que no se oyen todos los días pero mantienen su vigencia, siendo conocidos, apreciados y gustados por niños, jóvenes y mayores.
Así como los mencionados merengues de estos compositores dominicanos permanecen como “clásicos” en su especie, encontramos que existen obras, intérpretes y conjuntos que sustentan esa condición en el ámbito de la música del género popular, porque aunque varíen las modas en el mundo ellos se colocan por encima de los cambios.
Y ¿cuál es el pasaporte para esa permanencia en el tiempo? Pues simplemente, sus excelencias artísticas y técnicas, que engloban: una buena estructuración aunque se trate de una obra sencilla, un buen manejo de los elementos del lenguaje musical, una veracidad intangible en la expresión, una autenticidad artística y una inspiración genuina, natural; nada debe ser forzado en una obra musical. Entonces, y sólo entonces, una obra perdurará a través del tiempo y se convertirá en un “clásico” dentro del género popular.
Para concluir, lo único que necesitamos para cultivar el buen gusto, en el género musical que sea, son, en mi opinión, 2 cosas fundamentales:
1) Que la niñez y la juventud reciban en la escuela, desde el preescolar, la educación musical como parte de su currículo general de estudios.
2) Que la niñez y la juventud tengan acceso al conocimiento y, por tanto, obtengan las herramientas para apreciar la buena música.
Porque, a fin de cuentas, los géneros, aunque diferentes, se nutren entre sí y mientras más los conozcamos y respetemos, saldrán gananciosos tanto la propia música como los seres humanos. Aunque cada uno de los tres grandes géneros posee sus características particulares, son, en fin de cuentas, expresiones estético-emotivas de las sociedades y a mi entender deberían presentar, más que enfrentamientos y oposiciones, hermosos puntos de afinidad.

Los “Conversando” de Acroarte
Martes 27 de noviembre de 2007
Sala de la Cultura del Teatro Nacional Eduardo Brito
Santo Domingo, R.D.

jueves, 20 de septiembre de 2007

EDUARDO BRITO


El barítono Eduardo Brito nació el 21 de febrero de 1905, en el paraje El Higo, Cerro De Nava, sección Blanco, Luperón, provincia Puerto Plata, siendo bautizado como Eleuterio Aragonez. Al cabo de los años sería la más grande figura del canto en República Dominicana y una de las voces más sobresalientes de toda nuestra América.
A la edad de 10 años, Eleuterio cantaba acompañándose con una latita, palitos y un rudimentario instrumento fabricado por él mismo, semejante a una guitarra. A la vez que cantaba, desempeñó en su infancia los más variados trabajos. Al cumplir los 16 años, se fugó del hogar materno y se fue a Santiago, donde recibió refugio en La Casa de Bélica, en la calle San Severo. En esta ciudad desempeñó el oficio de limpiabotas, y al cabo de unos meses conoció a Chita Jiménez, otra gloria del canto. Y así, mientras brillaba los zapatos de su muy numerosa clientela, entonaba con su potente y afortunada voz las melodías de moda.
En poco tiempo el artista en ciernes se convirtió en el favorito de las serenatas que para la época se ofrecían en abundancia en la romántica Ciudad Corazón, donde fue bautizado como “Puerto Plata”. Allí cantó con un grupo musical en el Café Yaque, donde ganó buen dinero y fue aplaudido delirantemente por la concurrencia. Así se inicia su exitosa carrera que no pararía hasta la hora de su muerte.
Recorrió varias ciudades del país, trabajando para sostenerse y cantando. Salvador Sturla quedó maravillado con su voz , y Julio Alberto Hernández lo conoció en 1925, interesándose por su educación musical. En esos años Brito conoció a Piro Valerio, Chencho Pereyra y Bienvenido Troncoso. En 1928, con la dirección de Don Luis Rivera se montó el famoso Cuarteto de Rigoletto, de Verdi, siendo escogidos para la representación Eduardo Brito, Susano Polanco, Catalinita Jáquez y Petrica Comprés. La función fue un éxito ene. Teatro Ideal de Santiago, y constituyó el primer gran triunfo de Brito al más alto nivel profesional.
El 3 de noviembre de 1929 casó con Rosa Elena Bobadilla, quien se convertiría en su compañera sentimental y artística. Brito contaba con 24 años de edad y Rosa Elena 17. Luego de la boda salieron en gira por Haití, Curazao y Puerto Rico, y a su regreso recibieron los más cálidos elogios. Luego partieron a New York, donde realizaron grabaciones para el señor RCA. Los primeros temas grabados por Brito fueron La Mulatota, de Piro Valerio, Lucía, de Machilo Guzmán con letras de Joaquín Balaguer; Mi llegada a Macorís, de Bienvenido Troncoso, y otras más. Además, la pareja actuó con éxito en distintas salas de espectáculos de New York.

En 1932 es contactado en la gran urbe por Eliseo Grenet, compositor y músico cubano, quien dirigía la compañía Cubanacán y estaba preparando una gira artística a España. Al llegar a Barcelona, Brito actúa en la zarzuela La Virgen Morena, destacándose con los temas Lamento Esclavo y Mi vida es cantar, los cuales tenía que repetir varias veces en cada presentación, a petición del público, convirtiéndose en el nuevo ídolo del gran público español. Continuó cosechando éxitos con Los Gavilanes, La Gioconda, arias de Tosca y otros temas, con los cuales recorrió América y parte de Europa.
En 1944, estando en New York, le llegaron de nuevo problemas de salud que había sentido años antes; estaba perdiendo facultades vocales, realidad que lo agobiaba y desesperaba. Comienzan sus trastornos mentales. Rosa Elena espera su tercer hijo (los dos anteriores habían nacido en 1940 y 1942). No tenía bienes, había perdido todos sus ahorros en la quiebra bancaria norteamericana.
Una hermana de Brito le proporciona los pasajes para su retorno a la patria junto a su familia. En mayo de 1944 regresa Brito a su amada Quisqueya, para no irse jamás. Tras un examen médico, el Dr. Zaiter indicó que “Eduardo Brito tenía sífilis cerebral, lo cual le producía trastornos nerviosos, delirio de megalomanía”. Terminó sus días en medio de un doloroso vía crucis, encerrado en una mazmorra del manicomio de Nigua. Murió a las dos de la mañana del 5 de enero de 1946.

Mediante la Ley No.177-06, del 27 de abril del 2007, se denominó como Teatro Nacional Eduardo Brito la principal sala de espectáculos del país. Con esta ley se reconoce “el umbral internacional alcanzado por el artista, que lo hace merecedor de este reconocimiento, justamente con motivo de la celebración de su centenario”.